Dice no con la cabeza,
el corazón lo desmiente.
Dice sí a lo que quiere,
dice no al profesor.
Está de pie,
le pregunta
y todos los problemas están sobre la mesa
de repente el loco se ríe lo coge
y borra todo
las cifras y las letras
las frases y las trampas
y a pesar de las amenazas del maestro
bajo los abucheos de los niños prodigios
con las tizas de todos los colores
sobre la pizarra negra de la desdicha
él dibuja el rostro de la felicidad.
jueves, 8 de septiembre de 2011
Maratón de firmas para salvar nuestros derechos
La dictadura bipartidista de que es víctima la política española, y que hace cuestionar la integridad de nuestra democracia, hace que personas como Llamazares se erijan en héroes de la ciudadanía a la búsqueda del santo grial de las 35 firmas que son necesarias para someter la reforma consitucional del techo presupuestario a referéndum popular. Se trata de la lucha de David contra Goliath. Es la arrogancia de los poderosos gigantes contra el tesón de los más débiles por defender los derechos de quienes les hemos votado a todos ellos, algo que sólo valoran esos mismos débiles que pretenden que los que somos gobernados no seamos menos importantes que los que nos gobiernan.
Está cundiendo el mal ejemplo de los partidos que tienen la mayoría en el Parlamento frente al comportamiento ejemplar, en el mejor sentido de la palabra, de los grupos minoritarios, que son muchos (IU, ICV, CIU, UPD, ERC, etc.), pero poco numerosos. Es curioso comprobar cómo, en muchas ocasiones, la razón está del lado de los más débiles, pero, precisamente por esa condición que los define, no pueden hacer absolutamente nada para hacer valer la legitimidad que les asiste. Y los poderosos lo saben muy bien, y por eso aplican el llamado "rodillo parlamentario", porque saben que no tienen razón y que, si dieran voz y voto a los ciudadanos, estos harían prevalecer la justicia y el espíritu de la ley: la razón de Estado de los gobernantes contra el estado de la razón de los ciudadanos.
Esperemos que Izquierda Unida y el resto de las fuerzas políticas minoritarias del Parlamento consigan recaudar las 35 firmas que necesitan, que necesitamos todos para que no se nos arrebate nuestro derecho a decidir sobre nuestro propio futuro. El plazo es de quince días. La cuenta atrás ha comenzado.
Está cundiendo el mal ejemplo de los partidos que tienen la mayoría en el Parlamento frente al comportamiento ejemplar, en el mejor sentido de la palabra, de los grupos minoritarios, que son muchos (IU, ICV, CIU, UPD, ERC, etc.), pero poco numerosos. Es curioso comprobar cómo, en muchas ocasiones, la razón está del lado de los más débiles, pero, precisamente por esa condición que los define, no pueden hacer absolutamente nada para hacer valer la legitimidad que les asiste. Y los poderosos lo saben muy bien, y por eso aplican el llamado "rodillo parlamentario", porque saben que no tienen razón y que, si dieran voz y voto a los ciudadanos, estos harían prevalecer la justicia y el espíritu de la ley: la razón de Estado de los gobernantes contra el estado de la razón de los ciudadanos.
Esperemos que Izquierda Unida y el resto de las fuerzas políticas minoritarias del Parlamento consigan recaudar las 35 firmas que necesitan, que necesitamos todos para que no se nos arrebate nuestro derecho a decidir sobre nuestro propio futuro. El plazo es de quince días. La cuenta atrás ha comenzado.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Jean Follain (Una esquina verde)
A veces aparece una criatura
dulce y triste tras una esquina verde.
Nadie sabría decir de dónde viene.
La sobresalta un ruido en el follaje;
sus patas, sus pezuñas, resultan arañadas.
Ella pisa una flor muy pequeñita,
lo hace sin darse cuenta
porque la noche esconde secretos en su niebla.
dulce y triste tras una esquina verde.
Nadie sabría decir de dónde viene.
La sobresalta un ruido en el follaje;
sus patas, sus pezuñas, resultan arañadas.
Ella pisa una flor muy pequeñita,
lo hace sin darse cuenta
porque la noche esconde secretos en su niebla.
Todo techo requiere su propio suelo
Eso es lo que ha planteado, muy razonablemente, Cándido Méndez en relación a la aprobada reforma constitucional según la cual se fija un techo al gasto público. El líder de UGT ha propuesto que, en compensación frente a esa medida de contención presupuestaria, se fije, del mismo modo, una cantidad mínima de recursos públicos que vaya destinada al mantenimiento del gasto social imprescindible para el mantenimiento del estado de bienestar.
En realidad, se trata de una obviedad que debería llevarse a cabo lo antes posible. Es lo más razonable y lo más justo. Ya que no nos van a permitir expresar nuestra opinión al respecto por la vía del referéndum, al menos deberían hacernos esa concesión: fijar unos mínimos, y que esos mínimos sean inamovibles a partir de ahora en todos los Presupuestos Generales del Estado, tanto en sanidad como en educación y en políticas de empleo, sin olvidar el sistema de pensiones, que es la base del nivel de vida de los jubilados.
De hecho, este tipo de iniciativas debería aplicarse a nivel europeo. El Pacto de Estabilidad Presupuestaria debería exigir, a todos los países de la Unión Europea, una cantidad mínima de gasto anual en políticas de protección social, de manera que aquellos países que no cumplieran esta condición fueran sancionados. Medidas como ésta son las que convertirían, de verdad, a Europa en una unión económica y política de carácter solidario y comprometida con el bienestar de sus ciudadanos. Porque el concepto de "estabilidad presupuestaria" no debería ser sino una causa y una consecuencia, un reflejo, en suma, de la deseada estabilidad social, y no lo que es en realidad: una forma de contentar a los mercados en detrimento de los trabajadores.
En realidad, se trata de una obviedad que debería llevarse a cabo lo antes posible. Es lo más razonable y lo más justo. Ya que no nos van a permitir expresar nuestra opinión al respecto por la vía del referéndum, al menos deberían hacernos esa concesión: fijar unos mínimos, y que esos mínimos sean inamovibles a partir de ahora en todos los Presupuestos Generales del Estado, tanto en sanidad como en educación y en políticas de empleo, sin olvidar el sistema de pensiones, que es la base del nivel de vida de los jubilados.
De hecho, este tipo de iniciativas debería aplicarse a nivel europeo. El Pacto de Estabilidad Presupuestaria debería exigir, a todos los países de la Unión Europea, una cantidad mínima de gasto anual en políticas de protección social, de manera que aquellos países que no cumplieran esta condición fueran sancionados. Medidas como ésta son las que convertirían, de verdad, a Europa en una unión económica y política de carácter solidario y comprometida con el bienestar de sus ciudadanos. Porque el concepto de "estabilidad presupuestaria" no debería ser sino una causa y una consecuencia, un reflejo, en suma, de la deseada estabilidad social, y no lo que es en realidad: una forma de contentar a los mercados en detrimento de los trabajadores.
martes, 6 de septiembre de 2011
¿Ibex-35 ó 20-N?
¿Qué es más importante? ¿Los índices bursátiles o la fecha de las próximas elecciones generales? Por desgracia, está clarísimo qué es lo que nos afecta más, lo que realmente determina el rumbo de nuestras vidas. Y es que tiene razón aquel famoso lema del 15-M: lo llaman democracia y no lo es. Y no lo es porque no es el gobierno de los ciudadanos, de los que mantenemos al país, de los que pagamos impuestos. Es, precisamente, el gobierno de los que menos pagan, o de los que no pagan nada en absoluto. Ellos dicen que son los que crean riqueza, pero no lo hacen, porque no son ellos los que trabajan. No: ellos explotan a los que sí trabajan. Les pagan lo mínimo para forrarse a su costa. Y a su costa, y a costa de todos nosotros, se dedican a especular con sus plusvalías en los mercados financieros, cuyos caprichos y arbitrariedades son los que nos gobiernan.
El próximo 20 de noviembre, los españoles elegiremos un nuevo partido político, que lo más seguro es que sea del PP o del PSOE. Eso aún no lo sabemos, pero lo que sí sabemos es quién nos seguirá gobernando a todos, gane quien gane en las urnas. Nos seguirán gobernando las empresas del Ibex-35, y las agencias de riesgo que las respaldan, y las instituciones neoliberales (FMI, Banco Mundial, etc.), que legitiman y sostienen todo el tinglado capitalista financiero. Sí, ya sé que ésta es la cantinela de siempre, las mismas protestas y los mismos pataleos, pero es que el sentimiento de indignación no cambia, y la situación empeora, porque no hemos salido de la actual recesión económica y ya nos estamos metiendo en otra. Y yo estoy más que harto de que cada día salgan noticias de que hay que hacer más y más recortes sociales para calmar a los mercados y para rebajar la prima de riesgo. Estoy harto de que sea el mercado el que dirige a la política, y no al revés. Estoy harto de la codicia y de la usura, de que se obligue a dar más a los que menos tienen y de que los que más tienen se vayan de rositas. Me indigna el hecho de que los índices bursátiles sean más importantes que las elecciones generales. ¿De qué clase de democracia presumimos en Occidente, una democracia que no ofrece ninguna seguridad a los ciudadanos, entre otras razones, porque ellos no son quienes la controlan, que es lo que debería ocurrir?
¿Ibex-35 ó 20-N? Ni una cosa ni la otra. Pase lo que pase, nada va a cambiar y todo va a seguir siendo igual de injusto, arbitrario y descontrolado, o, mejor dicho, controlado, sí, pero por esos señores trajeados que manejan el cotarro desde las altas esferas, apoyados sobre sus mesas de mármol en sus rascacielos de doscientos pisos de altura.
El próximo 20 de noviembre, los españoles elegiremos un nuevo partido político, que lo más seguro es que sea del PP o del PSOE. Eso aún no lo sabemos, pero lo que sí sabemos es quién nos seguirá gobernando a todos, gane quien gane en las urnas. Nos seguirán gobernando las empresas del Ibex-35, y las agencias de riesgo que las respaldan, y las instituciones neoliberales (FMI, Banco Mundial, etc.), que legitiman y sostienen todo el tinglado capitalista financiero. Sí, ya sé que ésta es la cantinela de siempre, las mismas protestas y los mismos pataleos, pero es que el sentimiento de indignación no cambia, y la situación empeora, porque no hemos salido de la actual recesión económica y ya nos estamos metiendo en otra. Y yo estoy más que harto de que cada día salgan noticias de que hay que hacer más y más recortes sociales para calmar a los mercados y para rebajar la prima de riesgo. Estoy harto de que sea el mercado el que dirige a la política, y no al revés. Estoy harto de la codicia y de la usura, de que se obligue a dar más a los que menos tienen y de que los que más tienen se vayan de rositas. Me indigna el hecho de que los índices bursátiles sean más importantes que las elecciones generales. ¿De qué clase de democracia presumimos en Occidente, una democracia que no ofrece ninguna seguridad a los ciudadanos, entre otras razones, porque ellos no son quienes la controlan, que es lo que debería ocurrir?
¿Ibex-35 ó 20-N? Ni una cosa ni la otra. Pase lo que pase, nada va a cambiar y todo va a seguir siendo igual de injusto, arbitrario y descontrolado, o, mejor dicho, controlado, sí, pero por esos señores trajeados que manejan el cotarro desde las altas esferas, apoyados sobre sus mesas de mármol en sus rascacielos de doscientos pisos de altura.
jueves, 1 de septiembre de 2011
El barco de Chanquete
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar...
... No, no, no nos moverán.
que es mi dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar...
... No, no, no nos moverán.
lunes, 29 de agosto de 2011
La redención del comunismo 2 (La revolución, ¿un medio o un fin?)
Cualquier clase de revolución constituye un estado de excepción allí donde se lleve a cabo, y esto es así porque las revoluciones tienen unos fines muy concretos que las hacen ser, por naturaleza, sucesos transitorios que, en cada caso, son necesarios para corregir una injusticia. Una vez eliminada esta injusticia de la estructura del sistema y, por tanto, mejorados los fundamentos de éste, el estado revolucionario ha dejado de tener sentido, porque ya ha cumplido la misión que le fue encomendada. Sin embargo, demasiados gobiernos se han escudado en el concepto de revolución para perpetuarse en el poder. El ejemplo más elocuente es el de la Cuba de Fidel Castro. Su acción revolucionaria consistió en arrebatar el poder a un dictador (Fulgencio Batista). Esto ocurrió en enero de 1959. A fecha de hoy, sigue gobernando la misma persona. Lo que empezó siendo un levantamiento revolucionario por la libertad se ha convertido en el establecimiento de otra dictadura.
Como cualquier fenómeno pasajero, esto es, que está de paso, una revolución surge con la legitimidad que le otorgan los motivos que la han hecho necesaria. Toda su fuerza, todo su vigor y todo su poder de convicción se nutre, por tanto, del puro acto del comienzo, de la novedad, que dejará de serlo a medida que vaya transcurriendo el tiempo y aquélla se vaya convirtiendo en algo cotidiano y presente, hasta el punto de convertirse en algo dañino, porque lo que sólo es beneficioso como novedad, suele resultar perjudicial cuando ha pasado a convertirse en algo normal. Y esto es lo que ocurre, precisamente, con las revoluciones. Son novedosas por naturaleza, y en esa novedad reside su poder, su capacidad para cambiar lo que esté mal. Cuando el estado revolucionario empieza a prolongarse demasiado, pierde su condición de novedad y se contagia del mal que había pretendido combatir.
Fidel Castro sigue tiranizando al pueblo cubano en nombre de la Revolución, lo cual es el resultado de la excesiva prolongación en el tiempo del estado revolucionario que comenzó en enero de 1959. El régimen de Fidel Castro es el resultado de la degradación de la idea misma de revolución llevada a la realidad. Y este tipo de casos es el que hay que combatir en nombre del verdadero comunismo. Porque el comunismo no consiste en sustituir una dictadura por otra en nombre unos ideales inalcanzables y manipulados por unos pocos para someter a los demás. El comunismo consiste, básicamente, en combatir al capitalismo, que es el abuso de la propiedad privada. La acción revolucionaria que requiere este principio se basaría, sencillamente, en eliminar esas prácticas abusivas elaborando leyes que corroboren estos mismos términos, llevándolos a la práctica, y por las vías parlamentarias y democráticas. O lo que es lo mismo: llevando a cabo una planificación de la economía en que sean considerados los suficientes márgenes para que las libertades políticas, tanto individuales como colectivas, sean respetadas en toda su integridad y plenitud.
En eso mismo fallaron, o qusieron fallar para beneficio de sus protagonistas, los intentos revolucionarios cubano y soviético, entre otros. Se propusieron controlar no sólo la actividad económica, sino todas las esferas de acción individuales y sociales. Amparándose en la idea de la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, así como en el concepto marxista de estructura frente a superestructura, decidieron identificar de forma absoluta, sin ningún matiz, la existencia de las libertades con la existencia de la burguesía. Libertad, socialdemocracia y liberalismo eran las superestructuras dominantes en que se plasmaba la estructura capitalista, evidentemente, de carácter burgués. Decidieron acabar con la burguesía. Ni siquiera asimilarla pacífica y dialécticamente a la nueva clase proletaria, sino eliminar físicamente a los individuos pertenecientes a esa clase social. Su revolución, la de Lenin, Stalin y Fidel Castro, fue la acción de eliminar todas las libertades para eliminar a toda la burguesía, ya que identificaban a su clase, el proletariado, con la idea de dictadura (concepto también marxista, la "dictadura del proletariado" también manipulado por Lenin y sus seguidores). Éste es el meollo del que surgieron las purgas y depuraciones del periodo estalinista.
También tuvieron mala suerte los intentos de llevar a la práctica el comunismo, pues, cuando no era desvirtuado por sus propios protagonistas, era impedido y saboteado por los gobiernos estadounidenses, y esto último sucedía, irónicamente, cuando aquellos intentos eran honrados, decentes y legítimos. Ejemplos como el de los sandinistas en Nicaragua o el de Salvador Allende en Chile son bastante ilustrativos sobre la cuestión. En cuanto a ejemplos de presidentes norteamericanos que más claramente han pretendido impedir el desarrollo del comunismo, tenemos a Nixon, a Reagan, incluso a Kennedy, quien pretendió acabar no ya con el gobierno, sino también con la vida de Fidel Castro antes de que éste se convirtiera en un déspota.
Otro aspecto del concepto de revolución que ha sido manipulado por la teoría leninista es su manera de llevarla a cabo. Lenin describió la actividad revolucionaria en términos de violencia, de empleo de la lucha armada. A este tipo de ocurrencias debemos hoy en día la existencia de organizaciones terroristas como ETA, las FARC, etcétera. Es cierto que la mayoría de las revoluciones que se han llevado a cabo o que se han intentado realizar a lo largo de la Historia, han sido de carácter violento, pero la importancia de la revolución no radica en ese hecho. Es más, eso mismo constituye un elemento de desprestigio para la imagen pública de cualquier revolución... legítima, porque este es otro aspecto que hay que dejar claro desde el principio. La legitimidad de la causa es un elemento clave a la hora de definir en qué consiste una revolución.
Como cualquier fenómeno pasajero, esto es, que está de paso, una revolución surge con la legitimidad que le otorgan los motivos que la han hecho necesaria. Toda su fuerza, todo su vigor y todo su poder de convicción se nutre, por tanto, del puro acto del comienzo, de la novedad, que dejará de serlo a medida que vaya transcurriendo el tiempo y aquélla se vaya convirtiendo en algo cotidiano y presente, hasta el punto de convertirse en algo dañino, porque lo que sólo es beneficioso como novedad, suele resultar perjudicial cuando ha pasado a convertirse en algo normal. Y esto es lo que ocurre, precisamente, con las revoluciones. Son novedosas por naturaleza, y en esa novedad reside su poder, su capacidad para cambiar lo que esté mal. Cuando el estado revolucionario empieza a prolongarse demasiado, pierde su condición de novedad y se contagia del mal que había pretendido combatir.
Fidel Castro sigue tiranizando al pueblo cubano en nombre de la Revolución, lo cual es el resultado de la excesiva prolongación en el tiempo del estado revolucionario que comenzó en enero de 1959. El régimen de Fidel Castro es el resultado de la degradación de la idea misma de revolución llevada a la realidad. Y este tipo de casos es el que hay que combatir en nombre del verdadero comunismo. Porque el comunismo no consiste en sustituir una dictadura por otra en nombre unos ideales inalcanzables y manipulados por unos pocos para someter a los demás. El comunismo consiste, básicamente, en combatir al capitalismo, que es el abuso de la propiedad privada. La acción revolucionaria que requiere este principio se basaría, sencillamente, en eliminar esas prácticas abusivas elaborando leyes que corroboren estos mismos términos, llevándolos a la práctica, y por las vías parlamentarias y democráticas. O lo que es lo mismo: llevando a cabo una planificación de la economía en que sean considerados los suficientes márgenes para que las libertades políticas, tanto individuales como colectivas, sean respetadas en toda su integridad y plenitud.
En eso mismo fallaron, o qusieron fallar para beneficio de sus protagonistas, los intentos revolucionarios cubano y soviético, entre otros. Se propusieron controlar no sólo la actividad económica, sino todas las esferas de acción individuales y sociales. Amparándose en la idea de la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, así como en el concepto marxista de estructura frente a superestructura, decidieron identificar de forma absoluta, sin ningún matiz, la existencia de las libertades con la existencia de la burguesía. Libertad, socialdemocracia y liberalismo eran las superestructuras dominantes en que se plasmaba la estructura capitalista, evidentemente, de carácter burgués. Decidieron acabar con la burguesía. Ni siquiera asimilarla pacífica y dialécticamente a la nueva clase proletaria, sino eliminar físicamente a los individuos pertenecientes a esa clase social. Su revolución, la de Lenin, Stalin y Fidel Castro, fue la acción de eliminar todas las libertades para eliminar a toda la burguesía, ya que identificaban a su clase, el proletariado, con la idea de dictadura (concepto también marxista, la "dictadura del proletariado" también manipulado por Lenin y sus seguidores). Éste es el meollo del que surgieron las purgas y depuraciones del periodo estalinista.
También tuvieron mala suerte los intentos de llevar a la práctica el comunismo, pues, cuando no era desvirtuado por sus propios protagonistas, era impedido y saboteado por los gobiernos estadounidenses, y esto último sucedía, irónicamente, cuando aquellos intentos eran honrados, decentes y legítimos. Ejemplos como el de los sandinistas en Nicaragua o el de Salvador Allende en Chile son bastante ilustrativos sobre la cuestión. En cuanto a ejemplos de presidentes norteamericanos que más claramente han pretendido impedir el desarrollo del comunismo, tenemos a Nixon, a Reagan, incluso a Kennedy, quien pretendió acabar no ya con el gobierno, sino también con la vida de Fidel Castro antes de que éste se convirtiera en un déspota.
Otro aspecto del concepto de revolución que ha sido manipulado por la teoría leninista es su manera de llevarla a cabo. Lenin describió la actividad revolucionaria en términos de violencia, de empleo de la lucha armada. A este tipo de ocurrencias debemos hoy en día la existencia de organizaciones terroristas como ETA, las FARC, etcétera. Es cierto que la mayoría de las revoluciones que se han llevado a cabo o que se han intentado realizar a lo largo de la Historia, han sido de carácter violento, pero la importancia de la revolución no radica en ese hecho. Es más, eso mismo constituye un elemento de desprestigio para la imagen pública de cualquier revolución... legítima, porque este es otro aspecto que hay que dejar claro desde el principio. La legitimidad de la causa es un elemento clave a la hora de definir en qué consiste una revolución.
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