Tu enigma entrecruzado
de piernas está oculto
detrás de la evidencia
desnuda de tu cuerpo.
Lo pones muy difícil
y, a la vez, muy sencillo.
Solo hay que abrir tus piernas
para hallar el deleite
que escondes allá dentro.
Mas cómo conseguirlo,
cómo he de convencerte
para que me las abras
precisamente a mí.
Cómo he de engatusarte
para que me poseas
con tus piernas de araña,
cómo he de persuadirte,
carnívora y salvaje
pantera de la jungla,
para que tú devores
mi miembro masoquista
que busca que lo mates
a zarpazos ardientes
y dentelladas húmedas.
Cómo hacer que me comas,
que me tritures todo,
que le arranques gemidos
salvajes a mis partes,
que ya están preparadas,
tensas y firmes para
recibir tu embestida
y entregarse al banquete
de tu boca afilada
y tu cuerpo ondulado
por el voraz deseo
de mi sumisa carne
domingo, 29 de abril de 2012
miércoles, 25 de abril de 2012
Los peluches de Casandra
"Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría
todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de
sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro..." (Platero y yo, J.R.J.)
Como en Platero y yo,
Augusto se muere
de amor por tus ositos
de peluche,
Casandra mía.
Como en Platero y yo,
Augusto se muere
de amor por tus ositos
de peluche,
Casandra mía.
El desorden cotidiano (15)
A Casandra le encantaban los muñecos de peluche. Tenía una colección enorme que nunca dejaba de crecer, porque Augusto, cada vez que se le presentaba la oportunidad, le regalaba uno nuevo.
Una tarde de finales de abril, estando los dos sentados en el sofá del salón de su casa que daba frente a la ventana de la terraza, contemplando la luz del atardecer, Casandra empezó a contarle a Augusto cómo había conseguido a Fran, uno de sus peluches favoritos, el que tenía la forma de extraterrestre. Era grande, verde y vestía una especie de bata de boxeador negra, con capuchón y todo. Y tenía los típicos ojos negros ovalados en punta hacia abajo, ligeramente desplazados hacia el lado inferior derecho e izquierdo respectivamente cada uno, como los pinta Iker Jiménez en Cuarto Milenio o J.J. Benítez en sus libros sobre ovnis. Casandra, según decía, había adquirido este muñeco en la Feria de Sevilla gracias a la pericia de su padre, quien se había desvivido, en uno de esos típicos arrebatos de orgullo que la familia paterna de Casandra llevaba en los genes, por coseguirle a su hija el peluche deseado. En esta ocasión, para obtener el premio, había que romperles las gafas a unos muñecos que se hallaban colocados a unos tres metros de distancia. El participante contaba, para ello, con una especie de piedras en forma de patatas para arrojárselas al muñeco y tratar de romperle las gafas. Por otra parte, el participante contaba con tres intentos por cada ronda que pagaba, pues tres era el número de piedras que, a modo de munición, el encargado de la caseta entregaba al participante durante cada intento. Después de muchos intentos, Quino, que así se llamaba el padre de Casandra, consiguió romperle los dos cristales a las gafas del muñequito para que su única hija tuviera a su querido peluche marciano, que tan tierna y entrañable compañía le había estado haciendo desde entonces.
Casandra había bautizado a su nueva mascota peluchil con el nombre de Fran porque, a Quino, el aspecto del muñeco le recordaba al de un compañero suyo del trabajo que se llamaba así, y no, precisamente, por la belleza de dicho aspecto. Cuando Casandra le contó este detalle a Augusto, a éste le pareció que haberle puesto ese nombre al peluche por el mencionado motivo era un gesto entre cruel, tierno, divertido y entrañable, pues, en cuanto al compañero de su padre, ya que jamás se enteraría de la anécdota, tampoco se iba a ofender, pues, como dice el refrán, ojos que no ven (en este caso, oídos que no oyen o no escuchan), corazón que no siente.
El primer muñeco de peluche que Augusto le regaló a Casandra fue un precioso osito al que ésta puso, como nombre, Impermeable, porque la noche en que fue adquirido, también durante la celebración de una Feria de Sevilla, la del año 2008 concretamente, terminó lloviendo, y el osito venía envuelto en plástico y metido en una caja. Eso hizo que Impermeable fuera el único que logró librarse de las gotas de lluvia, que empezaron cayendo suave y mansamente, pero que el viento que comenzó a soplar poco después llegó a convertir en un torrencial aguacero que manifestaba un comportamiento tan indómito y salvaje que, de vuelta del recinto ferial, regresando al aparcamiento en el que Víctor, un amigo de Casandra y Augusto que iba con ellos, tenía su coche, hizo que los tres acabaran empapados, y el paraguas de Augusto, hecho trizas. Fue como si las hostilidades meteorológicas de la selva amazónica se hubieran trasladado, repentinamente, a la atmósfera de aquella noche sevillana de primavera.
Impermeable era un osito adorable. Inspiraba la misma ternura que la de un bebé recién nacido. Era chiquitito, sobre todo en comparación con otros peluches de Casandra, como Fran. Medía unos veinte centímetros de longitud y el fabricante o artesano que lo había elaborado le había colocado los bracitos de manera que parecía querer abrazarte, lo cual acentuaba el sentimiento de ternura que Impermeable provocaba tanto en Casandra como en Augusto. Además, la forma de sus ojillos, su gracioso tamaño de pepitas de sandía, su intenso color negro y el modo en que el sensible, delicado y experto artesano los había insertado sobre la superficie peluda de su pequeño rostro de adorable criatura doméstica, inspiraban tan espontánea, humilde, sencilla y sincera simpatía, que a Augusto se le caía la baba contemplándolo. Realmente, Impermeable era una pequeña obra de arte que se hacía querer por cualquiera.
Una tarde de finales de abril, estando los dos sentados en el sofá del salón de su casa que daba frente a la ventana de la terraza, contemplando la luz del atardecer, Casandra empezó a contarle a Augusto cómo había conseguido a Fran, uno de sus peluches favoritos, el que tenía la forma de extraterrestre. Era grande, verde y vestía una especie de bata de boxeador negra, con capuchón y todo. Y tenía los típicos ojos negros ovalados en punta hacia abajo, ligeramente desplazados hacia el lado inferior derecho e izquierdo respectivamente cada uno, como los pinta Iker Jiménez en Cuarto Milenio o J.J. Benítez en sus libros sobre ovnis. Casandra, según decía, había adquirido este muñeco en la Feria de Sevilla gracias a la pericia de su padre, quien se había desvivido, en uno de esos típicos arrebatos de orgullo que la familia paterna de Casandra llevaba en los genes, por coseguirle a su hija el peluche deseado. En esta ocasión, para obtener el premio, había que romperles las gafas a unos muñecos que se hallaban colocados a unos tres metros de distancia. El participante contaba, para ello, con una especie de piedras en forma de patatas para arrojárselas al muñeco y tratar de romperle las gafas. Por otra parte, el participante contaba con tres intentos por cada ronda que pagaba, pues tres era el número de piedras que, a modo de munición, el encargado de la caseta entregaba al participante durante cada intento. Después de muchos intentos, Quino, que así se llamaba el padre de Casandra, consiguió romperle los dos cristales a las gafas del muñequito para que su única hija tuviera a su querido peluche marciano, que tan tierna y entrañable compañía le había estado haciendo desde entonces.
Casandra había bautizado a su nueva mascota peluchil con el nombre de Fran porque, a Quino, el aspecto del muñeco le recordaba al de un compañero suyo del trabajo que se llamaba así, y no, precisamente, por la belleza de dicho aspecto. Cuando Casandra le contó este detalle a Augusto, a éste le pareció que haberle puesto ese nombre al peluche por el mencionado motivo era un gesto entre cruel, tierno, divertido y entrañable, pues, en cuanto al compañero de su padre, ya que jamás se enteraría de la anécdota, tampoco se iba a ofender, pues, como dice el refrán, ojos que no ven (en este caso, oídos que no oyen o no escuchan), corazón que no siente.
El primer muñeco de peluche que Augusto le regaló a Casandra fue un precioso osito al que ésta puso, como nombre, Impermeable, porque la noche en que fue adquirido, también durante la celebración de una Feria de Sevilla, la del año 2008 concretamente, terminó lloviendo, y el osito venía envuelto en plástico y metido en una caja. Eso hizo que Impermeable fuera el único que logró librarse de las gotas de lluvia, que empezaron cayendo suave y mansamente, pero que el viento que comenzó a soplar poco después llegó a convertir en un torrencial aguacero que manifestaba un comportamiento tan indómito y salvaje que, de vuelta del recinto ferial, regresando al aparcamiento en el que Víctor, un amigo de Casandra y Augusto que iba con ellos, tenía su coche, hizo que los tres acabaran empapados, y el paraguas de Augusto, hecho trizas. Fue como si las hostilidades meteorológicas de la selva amazónica se hubieran trasladado, repentinamente, a la atmósfera de aquella noche sevillana de primavera.
Impermeable era un osito adorable. Inspiraba la misma ternura que la de un bebé recién nacido. Era chiquitito, sobre todo en comparación con otros peluches de Casandra, como Fran. Medía unos veinte centímetros de longitud y el fabricante o artesano que lo había elaborado le había colocado los bracitos de manera que parecía querer abrazarte, lo cual acentuaba el sentimiento de ternura que Impermeable provocaba tanto en Casandra como en Augusto. Además, la forma de sus ojillos, su gracioso tamaño de pepitas de sandía, su intenso color negro y el modo en que el sensible, delicado y experto artesano los había insertado sobre la superficie peluda de su pequeño rostro de adorable criatura doméstica, inspiraban tan espontánea, humilde, sencilla y sincera simpatía, que a Augusto se le caía la baba contemplándolo. Realmente, Impermeable era una pequeña obra de arte que se hacía querer por cualquiera.
martes, 24 de abril de 2012
Culminación de la muerte
"...he aprendido que las personas mueren cuando se deja de hablar y de pensar en ellas."(Mario Vaquerizo)
Dejó de hablar de él,
dejó de recordarle
y, entonces, él murió
ya
para siempre.
Dejó de hablar de él,
dejó de recordarle
y, entonces, él murió
ya
para siempre.
miércoles, 18 de abril de 2012
La duda que más quiero
"Porque tú
eres la duda que más quiero..."
Duncan Dhu
Dudar de ti es quererte,
porque nada es seguro,
todo es incertidumbre.
Si no dudo de algo,
es porque no me importa,
y aquello que no importa
no es motivo de duda.
La duda que más quiero,
eso eres tú en mi vida:
lo incierto más amado,
el enigma perfecto,
poder ir descubriéndote
un poco cada día
hasta llegar al punto
que resuelva la duda
y acabes de entregarte
del todo a mi persona.
Entonces, serás duda
convertida en respuesta,
en problema resuelto,
en camino a seguir
con tu mano y la mía
cogidas para siempre.
eres la duda que más quiero..."
Duncan Dhu
Dudar de ti es quererte,
porque nada es seguro,
todo es incertidumbre.
Si no dudo de algo,
es porque no me importa,
y aquello que no importa
no es motivo de duda.
La duda que más quiero,
eso eres tú en mi vida:
lo incierto más amado,
el enigma perfecto,
poder ir descubriéndote
un poco cada día
hasta llegar al punto
que resuelva la duda
y acabes de entregarte
del todo a mi persona.
Entonces, serás duda
convertida en respuesta,
en problema resuelto,
en camino a seguir
con tu mano y la mía
cogidas para siempre.
martes, 17 de abril de 2012
El desorden cotidiano (14)
Augusto desconfiaba mucho de ese tipo de personas que van por ahí diciendo que a ellos nadie les ha regalado nada en esta vida y que nunca han necesitado la ayuda de nadie. Y es que, si la ignorancia es atrevida, la arrogancia puede serlo todavía más. Porque no hay nadie que, en algún momento de su vida, no haya sido ayudado o beneficiado, de alguna manera, por otra persona para resolver o encarar cualquier clase de asunto, porque no vivimos aislados, sino que todos nos hallamos conectados unos con otros y nos influimos mutuamente, unas veces para bien, y otras, para mal. Pero, sobre todo, porque recibir la ayuda, el apoyo, o, lo que es más importante, las muestras de afecto y de cariño de alguien ajeno a nosotros no debe ser nunca un motivo de vergüenza, y, desgraciadamente, hay mucha gente que esto lo ve exactamente así por orgullo, por arrogancia o por algún tipo de complejo, ya sea de inferioridad o de superioridad respecto a los demás.
De hecho, muchas personas se niegan a aceptar la ayuda de otras por ese estúpido orgullo de no querer deberles nada a quienes se han ofrecido a mostrarles su apoyo. A Augusto, ésta le parecía una actitud absurdamente defensiva y creía que esta clase de personas, por alguna razón, albergaban en su interior un resentimiento muy intenso hacia los demás o, al menos, hacia determinadas personas que forman parte de sus vidas y respecto a las cuales no estaban dispuestas a rebajarse, porque acudir a ellas sería eso, un acto de humillación y el reconocimiento de una derrota.
Esta actitud podría estar motivada por la envidia que esas personas necesitadas podrían sentir hacia las personas de las que necesitaban la ayuda, o por algún mal trago que alguna de esas dos personas le habría podido hacer pasar a la otra en algún momento de sus vidas. Si la persona afectada era aquella de quien se necesitaba la ayuda, entonces la negativa de acudir a ella por parte de la persona necesitada podría estar, seguramente, causada por la cobardía o la vergüenza. Y si sucedía al revés, o sea, que si la persona afectada era la que necesitaba esa ayuda, el hecho de no querer acudir a la persona que le había causado el daño que fuera estaría claramente motivado por un sentimiento de rencor. O sea, que necesito ayuda y puedo pedírsela a Fulanito, pero no me atrevo porque hace tiempo que tuve un mal gesto con él, me porté mal injustamente y me da vergüenza pedirle ayuda. O bien, Fulanito es un cabrón porque me hizo algo imperdonable el mes pasado y np pienso acudir a él, porque eso sería rebajarme y aceptar que él ha ganado, o que está en una situación mejor que la mía o que ha tenido más suerte que yo por la razón que sea.
A Augusto todo esto le parecían tonterías. Las cosas tenían que ser, de hecho, era necesario que fueran mucho más sencillas de cómo algunas personas las planteaban. Resulta neurótico y retorcido pensar que necesito ayuda y hay una persona que me la puede ofrecer, pero no recurro a esa persona porque puede creer que yo me estoy rebajando, y entonces a mí se me cae la cara de vergüenza, porque a mí, en realidad, esa persona no me cae bien, pero estoy tan desesperado que solo puedo acudir a ella, aunque me haya hecho daño o yo se lo haya hecho. También, pensaba Augusto, están los casos de orgullo puro y simple. O sea, que necesito ayuda pero no se la pido a nadie simplemente porque pienso que puedo sacarme las castaña del fuego yo solito, y así puedo seguir afirmando con orgullo y satisfacción que nadie me ha regalado nada en la vida y que nunca he necesitado la ayuda de nadie.
Augusto pensaba que ambos tipos de personas están equivocadas, y que cuando necesitamos que nos echen un cable y hay alguien ahí para hacerlo, debemos, sencillamente pedírselo y dejar a un lado cualquier clase de orgullos, rencores y vergüenzas, porque son, precisamente, el orgullo, el rencor y la vergüenza una importante parte de los lastres que nos impiden ser auténticos con nuestros semejantes, y ser auténtico consiste en vivir con naturalidad, sin prejuicios ni complejos, y si yo necesito la ayuda de alguien que me la puede prestar, debo acudir a esa persona inmediatamente. Así, no solo saldré yo beneficiado en lo inmediato, en lo que a mí me resulta beneficioso y útil, sino que, además, tendré motivos para estarle agradecido a la persona que me ha ayudado, y habré creado un vínculo positivo con esa persona, y, si resulta que con esa persona he tenido roces desagradables en el pasado, posiblemente el vínculo positivo recién creado desactivará esa antigua situación de incomodidad que había entre esa persona y yo. Y, si sucede al revés, tanto mejor para mí, para mi conciencia y para mi relación con los demás.
De hecho, Augusto no solo no sentía ninguna vergüenza, sino que se consideraba tremendamente afortunado por haber tenido siempre a su lado a personas dispuestas a ayudarle, empezando, claro está, por sus propios padres. Primero en el colegio, a Augusto había asignaturas que se le atragantaban, que se le hacían imposibles de tragar, de deglutir a gusto. Le pasaba con las matemáticas, que para él eran como esos mantecados que uno se mete en la boca y, enseguida, al mezclarse con la saliva, se le hacen en la boca una masa compacta imposible de tragar. A Augusto esto era exactamente lo que le ocurría con las matemáticas, lo cual había llevado a sus padres a ponerle a su hijo un profesor particular. Augusto estuvo con profesores particulares de refuerzo durante toda su etapa en la enseñanza media, hasta el bachillerato, cuando pudo huir de las ciencias para refugiarse en las humanidades, en el maravilloso mundo del latín, el griego y la historia del arte. Pero, hasta entonces, Augusto siempre había tenido las tardes ocupadas con clases particulares, ¿y él se avergonzaba de eso? ¡Pues claro que no, hombre!
Augusto también había estado prácticamente rodeado de psicólogos desde la muerte de su madre. Ya se sabe la mala fama que, en España, tiene esto de ir al psicólogo. Si en otros países, como Estados Unidos, es lo más normal del mundo, hasta el punto de que todos los ciudadanos de este país tienen un psicólogo de cabecera, en España te miran mal si dices que vas al psicólogo, y ya no digamos lo que pasa si, en lugar de "psicólogo", utilizas la palabra "psiquiatra". En tales casos, te llaman loco directamente. Pero esto a Augusto le traía sin cuidado, porque él sabía que, cuando se necesita ayuda, hay que acudir a los expertos, igual que vamos al dentista cuando tenemos una caries.
En definitiva, a Augusto no solo no le avergonzaba, sino que le producía mucha satisfacción y orgullo reconocer que a él sí le habían ayudado mucho en su vida, y se sentía muy afortunado por haber podido contar con todo tipo de apoyos y, no solo por parte de sus padres, sino también de amigos y otras personas más o menos vinculadas a su entorno, como profesores, médicos, etcécera. Augusto sentía mucha pena, sin embargo, por aquellas personas que se empeñan en no querer la ayuda de nadie afirmando con cabezonería que no la necesitan. Augusto pensaba que, precisamente, esa clase de personas, las que afirman que no necesitan que nadie les ayude, son, precisamente, las que más necesitadas están de la ayuda de los demás.
De hecho, muchas personas se niegan a aceptar la ayuda de otras por ese estúpido orgullo de no querer deberles nada a quienes se han ofrecido a mostrarles su apoyo. A Augusto, ésta le parecía una actitud absurdamente defensiva y creía que esta clase de personas, por alguna razón, albergaban en su interior un resentimiento muy intenso hacia los demás o, al menos, hacia determinadas personas que forman parte de sus vidas y respecto a las cuales no estaban dispuestas a rebajarse, porque acudir a ellas sería eso, un acto de humillación y el reconocimiento de una derrota.
Esta actitud podría estar motivada por la envidia que esas personas necesitadas podrían sentir hacia las personas de las que necesitaban la ayuda, o por algún mal trago que alguna de esas dos personas le habría podido hacer pasar a la otra en algún momento de sus vidas. Si la persona afectada era aquella de quien se necesitaba la ayuda, entonces la negativa de acudir a ella por parte de la persona necesitada podría estar, seguramente, causada por la cobardía o la vergüenza. Y si sucedía al revés, o sea, que si la persona afectada era la que necesitaba esa ayuda, el hecho de no querer acudir a la persona que le había causado el daño que fuera estaría claramente motivado por un sentimiento de rencor. O sea, que necesito ayuda y puedo pedírsela a Fulanito, pero no me atrevo porque hace tiempo que tuve un mal gesto con él, me porté mal injustamente y me da vergüenza pedirle ayuda. O bien, Fulanito es un cabrón porque me hizo algo imperdonable el mes pasado y np pienso acudir a él, porque eso sería rebajarme y aceptar que él ha ganado, o que está en una situación mejor que la mía o que ha tenido más suerte que yo por la razón que sea.
A Augusto todo esto le parecían tonterías. Las cosas tenían que ser, de hecho, era necesario que fueran mucho más sencillas de cómo algunas personas las planteaban. Resulta neurótico y retorcido pensar que necesito ayuda y hay una persona que me la puede ofrecer, pero no recurro a esa persona porque puede creer que yo me estoy rebajando, y entonces a mí se me cae la cara de vergüenza, porque a mí, en realidad, esa persona no me cae bien, pero estoy tan desesperado que solo puedo acudir a ella, aunque me haya hecho daño o yo se lo haya hecho. También, pensaba Augusto, están los casos de orgullo puro y simple. O sea, que necesito ayuda pero no se la pido a nadie simplemente porque pienso que puedo sacarme las castaña del fuego yo solito, y así puedo seguir afirmando con orgullo y satisfacción que nadie me ha regalado nada en la vida y que nunca he necesitado la ayuda de nadie.
Augusto pensaba que ambos tipos de personas están equivocadas, y que cuando necesitamos que nos echen un cable y hay alguien ahí para hacerlo, debemos, sencillamente pedírselo y dejar a un lado cualquier clase de orgullos, rencores y vergüenzas, porque son, precisamente, el orgullo, el rencor y la vergüenza una importante parte de los lastres que nos impiden ser auténticos con nuestros semejantes, y ser auténtico consiste en vivir con naturalidad, sin prejuicios ni complejos, y si yo necesito la ayuda de alguien que me la puede prestar, debo acudir a esa persona inmediatamente. Así, no solo saldré yo beneficiado en lo inmediato, en lo que a mí me resulta beneficioso y útil, sino que, además, tendré motivos para estarle agradecido a la persona que me ha ayudado, y habré creado un vínculo positivo con esa persona, y, si resulta que con esa persona he tenido roces desagradables en el pasado, posiblemente el vínculo positivo recién creado desactivará esa antigua situación de incomodidad que había entre esa persona y yo. Y, si sucede al revés, tanto mejor para mí, para mi conciencia y para mi relación con los demás.
De hecho, Augusto no solo no sentía ninguna vergüenza, sino que se consideraba tremendamente afortunado por haber tenido siempre a su lado a personas dispuestas a ayudarle, empezando, claro está, por sus propios padres. Primero en el colegio, a Augusto había asignaturas que se le atragantaban, que se le hacían imposibles de tragar, de deglutir a gusto. Le pasaba con las matemáticas, que para él eran como esos mantecados que uno se mete en la boca y, enseguida, al mezclarse con la saliva, se le hacen en la boca una masa compacta imposible de tragar. A Augusto esto era exactamente lo que le ocurría con las matemáticas, lo cual había llevado a sus padres a ponerle a su hijo un profesor particular. Augusto estuvo con profesores particulares de refuerzo durante toda su etapa en la enseñanza media, hasta el bachillerato, cuando pudo huir de las ciencias para refugiarse en las humanidades, en el maravilloso mundo del latín, el griego y la historia del arte. Pero, hasta entonces, Augusto siempre había tenido las tardes ocupadas con clases particulares, ¿y él se avergonzaba de eso? ¡Pues claro que no, hombre!
Augusto también había estado prácticamente rodeado de psicólogos desde la muerte de su madre. Ya se sabe la mala fama que, en España, tiene esto de ir al psicólogo. Si en otros países, como Estados Unidos, es lo más normal del mundo, hasta el punto de que todos los ciudadanos de este país tienen un psicólogo de cabecera, en España te miran mal si dices que vas al psicólogo, y ya no digamos lo que pasa si, en lugar de "psicólogo", utilizas la palabra "psiquiatra". En tales casos, te llaman loco directamente. Pero esto a Augusto le traía sin cuidado, porque él sabía que, cuando se necesita ayuda, hay que acudir a los expertos, igual que vamos al dentista cuando tenemos una caries.
En definitiva, a Augusto no solo no le avergonzaba, sino que le producía mucha satisfacción y orgullo reconocer que a él sí le habían ayudado mucho en su vida, y se sentía muy afortunado por haber podido contar con todo tipo de apoyos y, no solo por parte de sus padres, sino también de amigos y otras personas más o menos vinculadas a su entorno, como profesores, médicos, etcécera. Augusto sentía mucha pena, sin embargo, por aquellas personas que se empeñan en no querer la ayuda de nadie afirmando con cabezonería que no la necesitan. Augusto pensaba que, precisamente, esa clase de personas, las que afirman que no necesitan que nadie les ayude, son, precisamente, las que más necesitadas están de la ayuda de los demás.
viernes, 13 de abril de 2012
Aniversario de una buena causa o panfleto antimonárquico
República española
Bananera, con B
de Borbón y con N de eNdogamia,
pues, desde que nació esta dinastía,
todos se lían con todos,
sin salirse de su propia sangre,
y así nos han salido,
y eso que son franceses,
los hijos de Voltaire y de Rousseau,
y de la Enciclopedia.
Bueno, el 23F
le dio un poco de lustre
a esta deshonra histórica
que nos ha condenado
a seguir siendo súbditos
en esta democracia
que reza la igualdad sobre el papel,
pero es papel mojado en este aspecto,
puesto que está muy claro
que no somos iguales:
el rey es intocable,
y, al resto, que nos toquen lo que quieran,
nuestros sueldos, el IRPF,
incluso los cojones,
para que esta familia
pueda vivir del cuento para siempre,
para siempre felices y contentos
comiendo las perdices
que nosotros cazamos...
hasta que llegue el día
en que le echemos huevos al asunto
y ellos se conviertan en la presa
de nuestra cacería democrática.
Hasta entonces, República,
paciencia, y a esperar
en tu cárcel franquista
con las manos atadas, bien atadas,
como aquellos traidores te dejaron.
Bananera, con B
de Borbón y con N de eNdogamia,
pues, desde que nació esta dinastía,
todos se lían con todos,
sin salirse de su propia sangre,
y así nos han salido,
y eso que son franceses,
los hijos de Voltaire y de Rousseau,
y de la Enciclopedia.
Bueno, el 23F
le dio un poco de lustre
a esta deshonra histórica
que nos ha condenado
a seguir siendo súbditos
en esta democracia
que reza la igualdad sobre el papel,
pero es papel mojado en este aspecto,
puesto que está muy claro
que no somos iguales:
el rey es intocable,
y, al resto, que nos toquen lo que quieran,
nuestros sueldos, el IRPF,
incluso los cojones,
para que esta familia
pueda vivir del cuento para siempre,
para siempre felices y contentos
comiendo las perdices
que nosotros cazamos...
hasta que llegue el día
en que le echemos huevos al asunto
y ellos se conviertan en la presa
de nuestra cacería democrática.
Hasta entonces, República,
paciencia, y a esperar
en tu cárcel franquista
con las manos atadas, bien atadas,
como aquellos traidores te dejaron.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
