Cuando era pequeño, a Augusto le gustaban mucho los animales. Pasó por una etapa de vocación ecologista. De hecho, él había tenido muchas mascotas en casa de sus padres. Menos perros y gatos, casi todo tipo de animales domésticos se había visto bajo los cuidados del pequeño Augusto. Si no lo recordaba mal, lo primero que tuvo fue un gorrión que había cuidado la señora que iba a limpiar a casa. La criaturilla se llamaba Pichí, y había sido adiestrada para piar cada vez que alguien la llamara por su nombre. Augusto lo hacía constantemente mientras le daba migajas de pan con leche, que es lo que el pequeño gorrión comía.
También había tenido Augusto un canario al que había llamado Delfi por el dibujo animado que salía en televisión, aunque este último fuera un delfín, y no un pájaro. No le había puesto ese nombre por el tipo de animal que era el dibujo, sino porque el nombre le gustaba. Y el caso es que el pequeño llegó a desarrollar una garganta digna de la orquesta filarmónica de Viena, tal era de elegante y fino el despliegue sonoro del que hacía gala el animal cada vez que abría el pico. A la madre de Augusto le resultaba muy agradable el canto de Delfi, cuya jaula estaba colgada en una de las paredes del jardín de la casa, de modo que no era nada de extrañar que la mascota se inspirara cada vez que le daba la luz del sol, o cuando sentía la caricia del viento o de la brisa en su plumaje.
También había tenido Augusto peces en un acuario, cobayas, gusanos de seda, tortugas... no recordaba en qué orden cronológico se había producido la acogida de cada uno de estos, pero sí recordaba, por ejemplo, que el agua del acuario estaba casi siempre sucia. De hecho, un tío suyo de Madrid que fue a su casa de visita le había dicho un día, de broma, que el acuario de los peces estaba "más sucio que el río Manzanares". Y no le faltaba razón. La verdad es que Augusto nunca supo hacerse cargo adecuadamente de su acuario, que requería muchas atenciones. No recordaba nuestro personaje cuánto tiempo llegó a durarle el acuario, pero seguramente no habría sido demasiado, pensaba él. Lo que sí recordaba lo largo que se le había hecho era el periodo de preparación y adaptación de todos los elementos del acuario antes de meterle los primeros peces.
De la cobaya, Augusto guardaba recuerdos más frescos. Se trataba de un hermoso roedor de color gris que se llamaba "Daisy". No recordaba Augusto si el nombre se lo puso él o si lo habían hecho sus primos, que fueron quienes le habían regalado su nueva mascota. De todos modos, para ser exactos, hemos de aclarar que Daisy era propiedad del hermano mayor de Augusto, que era a quien realmente iba dirigido el obsequio familiar. Pero Augusto acabó acaparando el cuidado de la criatura ante el creciente desinterés de su hermano. Cuando Daisy murió, los dos hermanos se pusieron tristes.
También había habido reptiles en la infancia de Augusto. Había tenido pequeños galápagos en varias ocasiones, con tan mala suerte que nunca le duraban mucho. En cuanto a los gusanos de seda, todo iba muy bien hasta que estos fabricaban los capullos y se metían dentro para convertirse en mariposas. Ahí terminaba el experimento zoológico.
Por último, siendo ya adulto, Augusto había recuperado su afición por los animales domésticos, que compartía con Casandra, su novia. Con ella tenía dos tortugas y un hámster, siendo este último de una satisfactoria longevidad, teniendo en cuenta la corta vida de la que suele disfrutar este tipo de roedores: no más de dos años (Augusto había adquirido a Stewie, que así se llamaba el pequeñajo, el verano en que aprobó las oposiciones, y dos años después seguía el chiquitín llenando el piso con los chirridos nocturnos de la rueda de su jaula cada vez que se subía en ella para hacer ejercicio). Hay que decir que también habían vuelto a intentarlo Casandra y Augusto con otro acuario, pero la experiencia había resultado desastrosa, y por partida doble: primero metieron peces de agua templada, pero no duraron ni un mes. No se rindió Augusto, de quien había sido la idea de poner el acuario, y lo intentaron, una vez más, con peces de agua fría. Y, como suele decirse, salieron de Guatemala para meterse en Guatepeor: los pequeños, resbaladizos y coloreados nadadores no llegaron la las dos semanas de vida sin que un gravísimo error de Augusto causara su asfixia al poner demasiada agua en el acuario, por una parte, y darles demasiada comida, por otra. Casandra se lo dijo a Augusto: "peces, nunca más. A nosotros las tortugas, que es lo que se nos da bien."
Y no le faltaba razón: Spice, la más grande, llevaba con Casandra catorce años, y Marx, la pequeña, se la había regalado Casandra a Augusto con motivo del primer cumpleaños de éste en su relación amorosa, y llevaba ya cinco años con ellos. A ambas, tanto Casandra como Augusto las querían mucho y se les caía la baba con ellas. Stewie también era una ricura, y tenía la ventaja de que era muy independiente: se le ponía su pajita, su comidita, su agua y su rueda, y el pequeño iba a su aire perfectamente durante varios días.
El hecho de haber retomado el contacto con animales domésticos había enriquecido la sensibilidad y la afectividad de Augusto, quien había descubierto en los animales una especie de ternura especial que le hacía sentir por ellos un cariño muy similar al que suelen sentir los humanos unos por otros. Esto lo sentía él con una certeza absoluta, porque sabía que si se moría alguna de sus tortugas o su hámster, el día en que eso sucediera él iba a sentir una tristeza muy profunda. Pero Casandra le decía que no pensara en eso, aunque sus sentimientos fueran los mismos que los de Augusto. De momento, los dos eran muy felices con sus tres mascotas.
martes, 28 de agosto de 2012
domingo, 26 de agosto de 2012
El desorden cotidiano (24)
Augusto odiaba que a los escritores que publican artículos en los periódicos se les llame "creadores de opinión". Pensaba que ésta es una forma de que los escritores se endiosen y crean que no existe vida ni otras opiniones más allá de la suya propia, y que, por tanto, el lector debe acudir a él para estar bien informado sobre el asunto sobre el que trate la columna del día, o de la semana, o del mes.
Augusto pensaba que todo el mundo tiene una opinión sobre cualquier asunto, independientemente de lo informado que esté sobre él, y que la función de dicha clase de periodistas consiste en informar y en ofrecer un punto de vista respecto al cual el lector puede estar de acuerdo o discrepar, pero nada más. Esa imagen del intelectual iluminado que va guiando a las masas no le gustaba nada a Augusto, que era muy partidario del poder de las masas, precisamente porque creía en ellas, en su capacidad de reflexionar, de alcanzar un criterio propio y no impuesto desde fuera. Eso es ser un auténtico demócrata, según creía Augusto. Todo lo que no fuera esto sería como aquel lema de la Ilustración que rezaba: "todo para el pueblo, pero sin el pueblo". Pues no, señores. Para Augusto, el lema debía ser " todo para el pueblo, y con el pueblo como protagonista, porque el pueblo es el dueño de su vida, de su destino y, sobre todo, del fruto de su trabajo".
Creer que el pueblo, que la gente, que las personas no son capaces de pensar por sí mismas y asumir una postura para defenderla con solidez, con criterio y con autoridad es lo que conduce, pensaba Augusto, a que los intelectuales se consideren la única clase de individuos que son capaces de tener una visión sobre las cosas, y que el resto de los mortales son unos ignorantes y lo seguirán siendo hasta que compren el periódico en el que escribe Fulanito y lean su columna para escapar de las tinieblas de la ignorancia.
En suma, se puede decir que Augusto detestaba el elitismo intelectual, porque, para él, el conocimiento no debía ser algo elitista, o sea, de unos pocos. Ahí están las bibliotecas llenas de libros para todo aquel que quiera aprender, adquirir conocimientos y formarse una opinión propia sobre las cosas sin tener que recurrir a los mal llamados "creadores de opinión". El problema, pensaba Augusto, sin embargo, no radica en el acceso al conocimiento, que está al alcance de cualquiera. El problema está en el conocimiento en sí, que se ha vuelto elitista y minoritario, pero porque resulta aburrido a la mayoría y solo sigue interesando a una minoría de gente que tiene inquietudes y vocación por saber cómo funcionan las cosas, cuál es su origen y en qué consiste su naturaleza. Se trata de una actitud admirable y fascinante que, en un mundo lógico y razonable, debería ser el modelo a seguir, y, sin embargo, ocurre justo lo contrario: las personas que aman el conocimiento están cada vez peor consideradas. Se las ve como bichos raros que ocupan su tiempo en cuestiones que no tienen ninguna utilidad, entendiendo, por utilidad, el afán de lucro.
El propio Augusto afirmaba muchas veces que uno de sus sueños consistía en convertirse, él también, en periodista de opinión y escribir artículos diarios, semanales o mensuales en algún periódico o revista de contenidos políticos y culturales. Sin embargo, llegado el caso de que este sueño suyo se cumpliera, él no querría que le pusieran la etiqueta de "creador de opinión" , pues no consideraba que lo fuera. En todo caso, él tendría una determinada opinión sobre una cuestión en concreto que él expresaría en su artículo de turno, y sus lectores podrían compartir esa opinión o discrepar de ella, y desde la seriedad, el rigor y la solidez de su propio criterio, el de sus lectores.
En definitiva, Augusto pensaba que considerar a los articulistas como "creadores de opinión" implica tener una consideración muy pobre hacia quienes leyeran sus textos, lo cual resulta injusto y muy ofensivo para el lector, a quien siempre se debe el escritor, quien, por ese mismo motivo, debe tener mucho cuidado para no caer en la soberbia, la prepotencia y el endiosamiento, así como procurar tratar siempre a sus lectores en condiciones de igualdad. Porque, sin lectores, la labor del escritor carece de sentido, y porque la única diferencia que existe entre el escritor y el lector está en el egocentrismo de uno frente a la humildad del otro.
Augusto pensaba que todo el mundo tiene una opinión sobre cualquier asunto, independientemente de lo informado que esté sobre él, y que la función de dicha clase de periodistas consiste en informar y en ofrecer un punto de vista respecto al cual el lector puede estar de acuerdo o discrepar, pero nada más. Esa imagen del intelectual iluminado que va guiando a las masas no le gustaba nada a Augusto, que era muy partidario del poder de las masas, precisamente porque creía en ellas, en su capacidad de reflexionar, de alcanzar un criterio propio y no impuesto desde fuera. Eso es ser un auténtico demócrata, según creía Augusto. Todo lo que no fuera esto sería como aquel lema de la Ilustración que rezaba: "todo para el pueblo, pero sin el pueblo". Pues no, señores. Para Augusto, el lema debía ser " todo para el pueblo, y con el pueblo como protagonista, porque el pueblo es el dueño de su vida, de su destino y, sobre todo, del fruto de su trabajo".
Creer que el pueblo, que la gente, que las personas no son capaces de pensar por sí mismas y asumir una postura para defenderla con solidez, con criterio y con autoridad es lo que conduce, pensaba Augusto, a que los intelectuales se consideren la única clase de individuos que son capaces de tener una visión sobre las cosas, y que el resto de los mortales son unos ignorantes y lo seguirán siendo hasta que compren el periódico en el que escribe Fulanito y lean su columna para escapar de las tinieblas de la ignorancia.
En suma, se puede decir que Augusto detestaba el elitismo intelectual, porque, para él, el conocimiento no debía ser algo elitista, o sea, de unos pocos. Ahí están las bibliotecas llenas de libros para todo aquel que quiera aprender, adquirir conocimientos y formarse una opinión propia sobre las cosas sin tener que recurrir a los mal llamados "creadores de opinión". El problema, pensaba Augusto, sin embargo, no radica en el acceso al conocimiento, que está al alcance de cualquiera. El problema está en el conocimiento en sí, que se ha vuelto elitista y minoritario, pero porque resulta aburrido a la mayoría y solo sigue interesando a una minoría de gente que tiene inquietudes y vocación por saber cómo funcionan las cosas, cuál es su origen y en qué consiste su naturaleza. Se trata de una actitud admirable y fascinante que, en un mundo lógico y razonable, debería ser el modelo a seguir, y, sin embargo, ocurre justo lo contrario: las personas que aman el conocimiento están cada vez peor consideradas. Se las ve como bichos raros que ocupan su tiempo en cuestiones que no tienen ninguna utilidad, entendiendo, por utilidad, el afán de lucro.
El propio Augusto afirmaba muchas veces que uno de sus sueños consistía en convertirse, él también, en periodista de opinión y escribir artículos diarios, semanales o mensuales en algún periódico o revista de contenidos políticos y culturales. Sin embargo, llegado el caso de que este sueño suyo se cumpliera, él no querría que le pusieran la etiqueta de "creador de opinión" , pues no consideraba que lo fuera. En todo caso, él tendría una determinada opinión sobre una cuestión en concreto que él expresaría en su artículo de turno, y sus lectores podrían compartir esa opinión o discrepar de ella, y desde la seriedad, el rigor y la solidez de su propio criterio, el de sus lectores.
En definitiva, Augusto pensaba que considerar a los articulistas como "creadores de opinión" implica tener una consideración muy pobre hacia quienes leyeran sus textos, lo cual resulta injusto y muy ofensivo para el lector, a quien siempre se debe el escritor, quien, por ese mismo motivo, debe tener mucho cuidado para no caer en la soberbia, la prepotencia y el endiosamiento, así como procurar tratar siempre a sus lectores en condiciones de igualdad. Porque, sin lectores, la labor del escritor carece de sentido, y porque la única diferencia que existe entre el escritor y el lector está en el egocentrismo de uno frente a la humildad del otro.
jueves, 26 de julio de 2012
Los orígenes de la guerra civil vistos por un niño
- Eh, tú, rojo cabrón...
- Facha de mierda, ¡te voy a matar!
- ¡Franco, Franco! ¡Ese rojo dice que me va a matar! ¡Me ha amenazado de muerte! ¡Tengo miedo!
- Tranquilo, hijo mío- respondió Franco-. Yo te protegeré. A ti, y a todos los demás que son como tú. Porque yo soy vuestro padre y vosotros sois mis hijos.
- Gracias, papá. Ya no tengo miedo.
- Facha de mierda, ¡te voy a matar!
- ¡Franco, Franco! ¡Ese rojo dice que me va a matar! ¡Me ha amenazado de muerte! ¡Tengo miedo!
- Tranquilo, hijo mío- respondió Franco-. Yo te protegeré. A ti, y a todos los demás que son como tú. Porque yo soy vuestro padre y vosotros sois mis hijos.
- Gracias, papá. Ya no tengo miedo.
sábado, 21 de julio de 2012
El desorden cotidiano (22)
Augusto había leído, en un manual de literatura universal, una frase de Anton Chéjov que le gustaba mucho: "Escribir bien es escribir corto; decir sencillamente cosas sencillas". Augusto no podía estar más de acuerdo con estas afirmaciones de uno de los autores de cuentos y relatos breves más famosos de la historia de la literatura. Opinaba exactamente lo mismo que el escritor ruso, que constituía el mismo parecer que sostenía, nada menos, que el gran Jorge Luis Borges, otro gran defensor y cultivador de las formas breves.
Augusto era de la opinión según la cual un libro, especialmente en el caso del género novelístico, no debería extenderse más allá de, como mucho, las cuatrocientas páginas. La moderación cuantitativa que proponía él redundaría, pensaba, en beneficio de autores, lectores y de cualquier otro tipo de elemento que participara en la actividad literaria (por ejemplo, los editores, que reducirían costes al tener que emplear menos cantidad de papel para la producción de cada ejemplar, lo cual, además, sería beneficioso desde el punto de vista ecológico). Y es que no olvidemos, como creía Augusto, que el hábito lector y la tarea que conlleva no deja de ser un ejercicio físico que llega a cansar a quien lo practica, igual que le sucede al que juega al fútbol o al que sale a la calle a correr o a practicar cualquier otro deporte. Lo mismo que un deportista que se pasa tres horas diarias en el gimnasio cultivando su cuerpo acaba cansado y necesitado de reposición alimenticia y descanso, el individuo que dedica esas mismas horas diarias a la práctica de la lectura también acaba agotado y con la necesidad de despejar su mente y relajar la vista, que ha realizado un enorme esfuerzo físico. Esa es una de las razones por las cuales Augusto pensaba que los libros no deben ser excesivamente extensos: porque una excesiva extensión corre el riesgo de disuadir a los posibles lectores de la obra literaria a la que el libro, como objeto material, da soporte.
La otra razón fundamental que Augusto sostenía en su defensa de la brevedad literaria radica en la cuestión del canon, o lo que es lo mismo: la enorme cantidad de libros con la que todo buen lector debe contar en su bagaje de lecturas. Obviamente, cuanto más corto sea un libro, más pronto se acaba de leer y antes puede el lector pasar a enfrascarse en una nueva lectura para seguir enriqueciendo su mundo interior y sus horizontes vitales, con lo cual dicho lector siente que avanza, que va abarcando cada vez más conocimiento, más porción del canon literario establecido por otros o por él mismo, lo cual le anima a seguir leyendo con entusiasmo y voracidad en la medida en que esto le resulta ameno, didáctico y enriquecedor. Por el contrario, si el lector tiene que enfrentarse a un libro de mil páginas, es posible que lo considere más una obligación que un placer, especialmente ante la perspectiva de que la obra en cuestión vaya a ocuparle los dos próximos meses de su vida, y no esté dispuesto a hipotecar tantas horas de su tiempo libre, que, para el ciudadano medio, no suele ser muy abundante, en dedicarse a leer un libro pudiendo dedicar todo ese tiempo a cualquier otra actividad más amena y relajante. Y es que la amenidad no debe ser un enemigo del libro, sino su aliado más fiel. Esa es la clave, según opinaba Augusto, para fomentar, crear y arraigar el hábito lector.
Y, aunque resulte política, o, en este caso, literaria o culturalmente incorrecto, Augusto estaba firmemente convencido de que una de las razones principales por las cuales el ciudadano medio ha llegado a alejarse tanto de la literatura en los últimos tiempos, llegándola a sentir prácticamente como una cosa totalmente ajena a sus hábitos y costumbres cotidianos, estriba en el hecho de que muchas de las obras maestras de la literatura resultan excesivamente pesadas debido a su desmesurada extensión, sobre todo en el caso de las novelas realistas de los autores franceses y rusos, ante cuyas descripciones, desproporcionadamente pormenorizadas, el lector debe armarse de paciencia para no sucumbir al aburrimiento y abandonar el libro sin haber alcanzado ni siquiera la mitad de su lectura. A Augusto le había sucedido esto, por ejemplo, con Crimen y Castigo, de Dostoievski. Cuando el personaje protagonista, autor del crimen que da título a la obra, que, en su estado emocional, atormentado y paranoico por el remordimiento que le provoca el crimen que lleva cargando en su conciencia desde prácticamente el comienzo de la historia, no termina de decidirse a confesar su delito y, encima, de repente surge, sin venir a cuento, una subtrama que supone un desvío inesperado de la trama principal que es la que mantiene enganchado al lector, resulta del todo comprensible que éste se lleve una decepción, se pregunte a qué viene ese repentino desvío de la historia principal y pierda el interés por acabar esa lectura.
También había sido Augusto, en su momento, víctima de la impaciencia y del aburrimiento con Madamme Bovary, de Flaubert, lectura que dejó interrumpida en dos o tres ocasiones, y a la que tuvo que conceder una enésima oportunidad para terminarla, si bien la obra maestra del autor francés no es tan extensa como la del novelista ruso. De modo que, en este caso, la excusa no estaba en la extensión del texto, sino en su estilo, y es que la literatura realista a Augusto le solía resultar sumamente aburrida por uno u otro motivo: o bien la obra en cuestión le parecía demasiado extensa, o bien demasiado descriptiva o compleja (número de personajes, de anécdotas, de subtramas, etc.).
También es cierto que Augusto, como él mismo reconocía sin ningún reparo, tenía muy poca paciencia para las novelas. No se enfrascaba en una historia que no le interesara de antemano, y había muy pocos planteamientos basados en la pura ficción que pudieran llegar a interesarle. Para casos como estos, prefería acudir al Séptimo Arte (como le había sucedido con El gran Gatsby, de Scott Fidgerald: cuando empezó a leer la novela, no le gustó cómo estaba enfocada, así que dejó de leerla y recurrió a la versión cinematográfica). Y, en cuanto a la complejidad de esta clase de propuestas, Augusto la prefería en otros géneros literarios, muy especialmente en el ensayo, que era su predilecto después de la poesía. En el terreno de la literatura ideológica era donde a Augusto le gustaba que el autor le propusiera los más elevados, densos y sesudos desafíos intelectuales, si bien también agradecía él, como lector, que la obra en cuestión resultara ligera, amena, didáctica y constara de una extensión razonable (un máximo de, aproximadamente, cuatrocientas páginas, como hemos comentado anteriormente).
Pero Augusto insistía en que las más de mil páginas de obras como El Quijote, La Regenta o Guerra y Paz constituyen un lastre, una barrera, un impedimento y un elemento disuasorio para el apetito lector. Al menos, para el suyo. Y, a la hora de defender su tesis, recurría a la autoridad del mencionado Borges, quien pensaba que lo que puede contarse en cinco o diez páginas, no hay necesidad de prolongarlo durante otras novecientas páginas de más. Augusto iba, incluso, más allá, considerando que es una falta de respeto para el lector tener que dedicar tanto tiempo a la lectura de un solo libro, cuando en mil páginas puede caber perfectamente la cantidad de contenidos y de conocimientos equivalente a tres, cuatro o cinco libros. Manejando estas cifras y estos planteamientos, según Augusto, el canon literario podría llegar a resultar más abarcable, cercano y atractivo para el lector.
Augusto era de la opinión según la cual un libro, especialmente en el caso del género novelístico, no debería extenderse más allá de, como mucho, las cuatrocientas páginas. La moderación cuantitativa que proponía él redundaría, pensaba, en beneficio de autores, lectores y de cualquier otro tipo de elemento que participara en la actividad literaria (por ejemplo, los editores, que reducirían costes al tener que emplear menos cantidad de papel para la producción de cada ejemplar, lo cual, además, sería beneficioso desde el punto de vista ecológico). Y es que no olvidemos, como creía Augusto, que el hábito lector y la tarea que conlleva no deja de ser un ejercicio físico que llega a cansar a quien lo practica, igual que le sucede al que juega al fútbol o al que sale a la calle a correr o a practicar cualquier otro deporte. Lo mismo que un deportista que se pasa tres horas diarias en el gimnasio cultivando su cuerpo acaba cansado y necesitado de reposición alimenticia y descanso, el individuo que dedica esas mismas horas diarias a la práctica de la lectura también acaba agotado y con la necesidad de despejar su mente y relajar la vista, que ha realizado un enorme esfuerzo físico. Esa es una de las razones por las cuales Augusto pensaba que los libros no deben ser excesivamente extensos: porque una excesiva extensión corre el riesgo de disuadir a los posibles lectores de la obra literaria a la que el libro, como objeto material, da soporte.
La otra razón fundamental que Augusto sostenía en su defensa de la brevedad literaria radica en la cuestión del canon, o lo que es lo mismo: la enorme cantidad de libros con la que todo buen lector debe contar en su bagaje de lecturas. Obviamente, cuanto más corto sea un libro, más pronto se acaba de leer y antes puede el lector pasar a enfrascarse en una nueva lectura para seguir enriqueciendo su mundo interior y sus horizontes vitales, con lo cual dicho lector siente que avanza, que va abarcando cada vez más conocimiento, más porción del canon literario establecido por otros o por él mismo, lo cual le anima a seguir leyendo con entusiasmo y voracidad en la medida en que esto le resulta ameno, didáctico y enriquecedor. Por el contrario, si el lector tiene que enfrentarse a un libro de mil páginas, es posible que lo considere más una obligación que un placer, especialmente ante la perspectiva de que la obra en cuestión vaya a ocuparle los dos próximos meses de su vida, y no esté dispuesto a hipotecar tantas horas de su tiempo libre, que, para el ciudadano medio, no suele ser muy abundante, en dedicarse a leer un libro pudiendo dedicar todo ese tiempo a cualquier otra actividad más amena y relajante. Y es que la amenidad no debe ser un enemigo del libro, sino su aliado más fiel. Esa es la clave, según opinaba Augusto, para fomentar, crear y arraigar el hábito lector.
Y, aunque resulte política, o, en este caso, literaria o culturalmente incorrecto, Augusto estaba firmemente convencido de que una de las razones principales por las cuales el ciudadano medio ha llegado a alejarse tanto de la literatura en los últimos tiempos, llegándola a sentir prácticamente como una cosa totalmente ajena a sus hábitos y costumbres cotidianos, estriba en el hecho de que muchas de las obras maestras de la literatura resultan excesivamente pesadas debido a su desmesurada extensión, sobre todo en el caso de las novelas realistas de los autores franceses y rusos, ante cuyas descripciones, desproporcionadamente pormenorizadas, el lector debe armarse de paciencia para no sucumbir al aburrimiento y abandonar el libro sin haber alcanzado ni siquiera la mitad de su lectura. A Augusto le había sucedido esto, por ejemplo, con Crimen y Castigo, de Dostoievski. Cuando el personaje protagonista, autor del crimen que da título a la obra, que, en su estado emocional, atormentado y paranoico por el remordimiento que le provoca el crimen que lleva cargando en su conciencia desde prácticamente el comienzo de la historia, no termina de decidirse a confesar su delito y, encima, de repente surge, sin venir a cuento, una subtrama que supone un desvío inesperado de la trama principal que es la que mantiene enganchado al lector, resulta del todo comprensible que éste se lleve una decepción, se pregunte a qué viene ese repentino desvío de la historia principal y pierda el interés por acabar esa lectura.
También había sido Augusto, en su momento, víctima de la impaciencia y del aburrimiento con Madamme Bovary, de Flaubert, lectura que dejó interrumpida en dos o tres ocasiones, y a la que tuvo que conceder una enésima oportunidad para terminarla, si bien la obra maestra del autor francés no es tan extensa como la del novelista ruso. De modo que, en este caso, la excusa no estaba en la extensión del texto, sino en su estilo, y es que la literatura realista a Augusto le solía resultar sumamente aburrida por uno u otro motivo: o bien la obra en cuestión le parecía demasiado extensa, o bien demasiado descriptiva o compleja (número de personajes, de anécdotas, de subtramas, etc.).
También es cierto que Augusto, como él mismo reconocía sin ningún reparo, tenía muy poca paciencia para las novelas. No se enfrascaba en una historia que no le interesara de antemano, y había muy pocos planteamientos basados en la pura ficción que pudieran llegar a interesarle. Para casos como estos, prefería acudir al Séptimo Arte (como le había sucedido con El gran Gatsby, de Scott Fidgerald: cuando empezó a leer la novela, no le gustó cómo estaba enfocada, así que dejó de leerla y recurrió a la versión cinematográfica). Y, en cuanto a la complejidad de esta clase de propuestas, Augusto la prefería en otros géneros literarios, muy especialmente en el ensayo, que era su predilecto después de la poesía. En el terreno de la literatura ideológica era donde a Augusto le gustaba que el autor le propusiera los más elevados, densos y sesudos desafíos intelectuales, si bien también agradecía él, como lector, que la obra en cuestión resultara ligera, amena, didáctica y constara de una extensión razonable (un máximo de, aproximadamente, cuatrocientas páginas, como hemos comentado anteriormente).
Pero Augusto insistía en que las más de mil páginas de obras como El Quijote, La Regenta o Guerra y Paz constituyen un lastre, una barrera, un impedimento y un elemento disuasorio para el apetito lector. Al menos, para el suyo. Y, a la hora de defender su tesis, recurría a la autoridad del mencionado Borges, quien pensaba que lo que puede contarse en cinco o diez páginas, no hay necesidad de prolongarlo durante otras novecientas páginas de más. Augusto iba, incluso, más allá, considerando que es una falta de respeto para el lector tener que dedicar tanto tiempo a la lectura de un solo libro, cuando en mil páginas puede caber perfectamente la cantidad de contenidos y de conocimientos equivalente a tres, cuatro o cinco libros. Manejando estas cifras y estos planteamientos, según Augusto, el canon literario podría llegar a resultar más abarcable, cercano y atractivo para el lector.
jueves, 19 de julio de 2012
El desorden cotidiano (21)
Augusto tenía un sueño recurrente: consistía en que siempre le quedaba una asignatura, o dos, para terminar la carrera. Y lo agobiante era que no sabía cómo aprobarla o recuperarla. A veces pasaba que la asignatura en cuestión se había extinguido por pertenecer al plan de estudios antiguo. En otras ocasiones, el problema consistía en que se trataba de una asignatura varias veces suspendida y de la que Augusto tenía que volver a matricularse, pero no sabía cómo.
Lo más curioso de todo es que el mismo Augusto estaba, dentro de aquel inquietante sueño, en posesión de su diploma de licenciatura, pero el hecho de haber estudiado en dos universidades llevaba a su mente, en aquel estado onírico del subconsciente, a mezclar cursos y asignaturas de las dos universidades en las que había estudiado (Sevilla y Madrid), con lo cual, por así decirlo, resultaba que Augusto se había licenciado por la Universidad Autónoma de Madrid, pero, una vez de regreso a Sevilla, para trabajar en Andalucía, tenía también que terminar los estudios que había abandonado allí, en la capital andaluza. Así pues, la desesperación era total, y no terminaba hasta que nuestro personaje, por fin, despertaba de aquella semipesadilla y respiraba tranquilo al comprobar que, efectivamente, tenía su licenciatura y su trabajo de profesor.
Puede que la causa de que Augusto soñara estas cosas radicara en el hecho de que, a lo largo de su excesivamente dilatado periodo de estudios (1999- 2006), con un cambio de carrera incluido, el futuro filólogo hubiera dejado abandonadas por el camino unas cuantas asignaturas (de todo tipo, por cierto: troncales, obligatorias, optativas, de libre configuración...), cosa de la que éste no se sentía muy orgulloso precisamente. Puede que hubiera sido este cúmulo de abandonos, que figuraban en su expediente académico, lo que se manifestaba en su subconsciente a modo de cuentas pendientes que saldar consigo mismo y que, puesto que jamás serían resueltas, se plasmaban como desahogo en los sueños de Augusto, quien, en este sentido, consideraba que, de algún modo, la vida le estaba castigando o dándole un poco la lata por haber cometido esta clase de inconstancias, claudicaciones o rendiciones sin haberse esforzado lo suficiente.
Lo más curioso de todo es que el mismo Augusto estaba, dentro de aquel inquietante sueño, en posesión de su diploma de licenciatura, pero el hecho de haber estudiado en dos universidades llevaba a su mente, en aquel estado onírico del subconsciente, a mezclar cursos y asignaturas de las dos universidades en las que había estudiado (Sevilla y Madrid), con lo cual, por así decirlo, resultaba que Augusto se había licenciado por la Universidad Autónoma de Madrid, pero, una vez de regreso a Sevilla, para trabajar en Andalucía, tenía también que terminar los estudios que había abandonado allí, en la capital andaluza. Así pues, la desesperación era total, y no terminaba hasta que nuestro personaje, por fin, despertaba de aquella semipesadilla y respiraba tranquilo al comprobar que, efectivamente, tenía su licenciatura y su trabajo de profesor.
Puede que la causa de que Augusto soñara estas cosas radicara en el hecho de que, a lo largo de su excesivamente dilatado periodo de estudios (1999- 2006), con un cambio de carrera incluido, el futuro filólogo hubiera dejado abandonadas por el camino unas cuantas asignaturas (de todo tipo, por cierto: troncales, obligatorias, optativas, de libre configuración...), cosa de la que éste no se sentía muy orgulloso precisamente. Puede que hubiera sido este cúmulo de abandonos, que figuraban en su expediente académico, lo que se manifestaba en su subconsciente a modo de cuentas pendientes que saldar consigo mismo y que, puesto que jamás serían resueltas, se plasmaban como desahogo en los sueños de Augusto, quien, en este sentido, consideraba que, de algún modo, la vida le estaba castigando o dándole un poco la lata por haber cometido esta clase de inconstancias, claudicaciones o rendiciones sin haberse esforzado lo suficiente.
jueves, 12 de julio de 2012
El desorden cotidiano (20)
Augusto y Casandra tenían, entre otros proyectos comunes, uno muy especial y entrañable: la paternidad. Querían tener una hija (y una solo, que ya era bastante) y llamarla Galatea. La idea se la había propuesto Casandra a Augusto a los pocos meses de comenzar la relación, y el acuerdo fue instantáneo. A Casandra le gustaba el mito clásico de la ninfa Galatea. Además, le tenía mucho cariño a Góngora, el poeta cordobés del siglo XVII que había escrito una de sus obras más famosas inspirándose en el mencionado mito grecolatino. A Augusto le gustaba el nombre porque le sonaba de maravilla y ya se imaginaba cómo iba a ser su hijita: una adorable niña de ojos almendraditos, como los de Casandra, de labios firmes y carnosos, como los de Casandra. En otras palabras: Augusto quería que su hija se pareciera físicamente a Casandra, porque le encantaban las fotografías infantiles de su novia. Se le caía la baba con ellas y quería que Galatea fuera exactamente igual. Eso, en cuanto al físico, porque Augusto quería que su hija heredara la personalidad de su padre, y que quisiera ser de mayor escritora o actriz o directora de teatro, y que, obviamente, le gustara mucho, mucho, mucho leer. Augusto se imaginaba yendo a la biblioteca pública con su pequeñaja. También se imaginaba acunándola para dormirla en sus brazos mientras le recitaba poemas.
A Casandra esto no le desagradaba, aunque, a veces, bromeaba con su novio diciéndole que, si su Galatea iba a salir tan repelente como su padre, ella se iba a morir del disgusto. Al margen de esto, ambos, tanto Casandra como Augusto, fantaseaban constantemente con la maternidad, en el caso de ella, y con la paternidad, en el casi de él, evidentemente. Les embargaban sentimientos de ternura cada vez que se imaginaban llamando a Galatea para comer, para cenar, para merendar, para ir a la compra, al cine, al parque o a Chipiona con los abuelos. A Augusto le encantaba imaginarse cambiando los pañales a su hijita, y enseñandole a comer de todo (carne, fruta, verdura, legumbres...). Esto solo lo podría hacer él si había que predicar con el ejemplo como método educativo, ya que Casandra era muy delicada y selectiva a la hora de comer. A Augusto, en cambio, le encantaba comer de todo, y, cuanto más exótico, mejor. Todo lo contrario de lo que le sucedía a Casandra, que, si no sabía lo que se estaba comiendo, no podía comérselo y lo rechazaba.
A veces a Augusto le entraba una preocupación, absurda o razonable, según se mire: la de ser estéril. Él, en principio, solo quería ser padre biológico. No quería adoptar, llegado el caso. Y le preocupaba el asunto de la esterilidad debido a que siempre llevaba el teléfono móvil metido en el bolsillo derecho del pantalón. De vez en cuando le entraba el arrebato y decidía que quería hacerse las pruebas de fecundidad, pero Casandra le llamaba a la tranquilidad y le decía que no fuera exagerado. Pero es que para Augusto era muy importante poder darle una criatura a su novia. Él quería sentir ese vínculo tan estrecho que siente un padre hacia sus hijos, porque, en su opinión, de ahí procedía, en la mayoría de los casos, la vocación y el instinto paternal. Y eso es lo que Augusto deseaba. No estaba seguro de que, en caso de tener que recurrir a la adopción, pudiera llegar a sentir ese vínculo y de querer al hijo adoptivo como es debido.
Aun así, de momento no había que agobiarse, pues ellos eran jóvenes y tenían margen para seguir planteándose el asunto de tener a su anhelada Galatea.
A Casandra esto no le desagradaba, aunque, a veces, bromeaba con su novio diciéndole que, si su Galatea iba a salir tan repelente como su padre, ella se iba a morir del disgusto. Al margen de esto, ambos, tanto Casandra como Augusto, fantaseaban constantemente con la maternidad, en el caso de ella, y con la paternidad, en el casi de él, evidentemente. Les embargaban sentimientos de ternura cada vez que se imaginaban llamando a Galatea para comer, para cenar, para merendar, para ir a la compra, al cine, al parque o a Chipiona con los abuelos. A Augusto le encantaba imaginarse cambiando los pañales a su hijita, y enseñandole a comer de todo (carne, fruta, verdura, legumbres...). Esto solo lo podría hacer él si había que predicar con el ejemplo como método educativo, ya que Casandra era muy delicada y selectiva a la hora de comer. A Augusto, en cambio, le encantaba comer de todo, y, cuanto más exótico, mejor. Todo lo contrario de lo que le sucedía a Casandra, que, si no sabía lo que se estaba comiendo, no podía comérselo y lo rechazaba.
A veces a Augusto le entraba una preocupación, absurda o razonable, según se mire: la de ser estéril. Él, en principio, solo quería ser padre biológico. No quería adoptar, llegado el caso. Y le preocupaba el asunto de la esterilidad debido a que siempre llevaba el teléfono móvil metido en el bolsillo derecho del pantalón. De vez en cuando le entraba el arrebato y decidía que quería hacerse las pruebas de fecundidad, pero Casandra le llamaba a la tranquilidad y le decía que no fuera exagerado. Pero es que para Augusto era muy importante poder darle una criatura a su novia. Él quería sentir ese vínculo tan estrecho que siente un padre hacia sus hijos, porque, en su opinión, de ahí procedía, en la mayoría de los casos, la vocación y el instinto paternal. Y eso es lo que Augusto deseaba. No estaba seguro de que, en caso de tener que recurrir a la adopción, pudiera llegar a sentir ese vínculo y de querer al hijo adoptivo como es debido.
Aun así, de momento no había que agobiarse, pues ellos eran jóvenes y tenían margen para seguir planteándose el asunto de tener a su anhelada Galatea.
miércoles, 11 de julio de 2012
El desorden cotidiano (19)
Como profesor, educador y padre en potencia, Augusto era partidario de poner en practica lo que popularmente se conoce como "bofetada dada a tiempo". Él la había recibido de su padre y le fue muy bien. El padre de Augusto era la persona más cariñosa, generosa, detallista y atenta del mundo, pero, cuando había tenido que ponerse firme con sus hijos para enseñarles lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede y lo que no se puede hacer, lo había hecho con oportunidad y comedimiento. Y Augusto siempre le agradecería eso, y, muy especialmente, aquel primer tortazo (que conste que no fueron muchos más: solo los precisos) totalmente justificado ante un improperio verbal que Augusto, siendo muy pequeño, había soltado por su boquita contra un niño de la urbanización en la que vivían, y con el cual el hermano mayor de Augusto se había peleado. Su padre había decidido acudir al lugar donde estaba aquel niño para tratar el asunto, y Augusto quiso acompañarle. Cuando su padre le dijo al niño unas edificantes palabras para que no se repitiera el incidente, Augusto, viéndose al lado de su querido padre, se creció, se envalentonó y le soltó al niño una bravata de lo más grosero en forma de amenaza, la cual acababa con la frase "te pego una hostia que te vas al cielo". En ese momento, su padre le llamó y le dijo que se acercara. Entonces, Augusto vio acercarse a su cara, a la velocidad del rayo, una enorme manaza que impactó en una de sus mejillas (Augusto no recordaba cuál de ellas) con un estrépito y una fuerza lo suficientemente grandes como para hacer que Augusto aprendiera la primera lección de su vida: ¡niño, no digas palabrotas!
Cuando la sociedad española se regía con cierta lógica, este tipo de cosas eran lógicas, razonables, necesarias y, por eso mismo, estaban bien vistas. Hoy día, un padre puede ser denunciado por su hijo tan solo por querer educarle como es debido.
Cuando la sociedad española se regía con cierta lógica, este tipo de cosas eran lógicas, razonables, necesarias y, por eso mismo, estaban bien vistas. Hoy día, un padre puede ser denunciado por su hijo tan solo por querer educarle como es debido.
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